Hace ya muchos años, tantos como hace que Cien años de soledad vio la luz un 30 de mayo de 1967, García Márquez comenzó a ser interrogado sistemáticamente acerca de las fuentes de aquella novela que nadie acertaba a definir o catalogar, aunque todos coincidiesen en la profunda revolución que esta obra iba a provocar en el ámbito de la narración en lengua castellana. No en vano la editorial Sudamericana de Buenos Aires, encargada de su primera edición y con un ojo comercial innegable, le propició una publicidad y atizó un ambiente de expectación similar al que, pocos años antes –en 1963-, había precedido a la publicación de Rayuela, de Julio Cortázar.