Mi madre que siempre ha sido una mujer que derrocha positividad por los cuatro costados y que vive llenando las paredes de casa con frases afirmativas, me enseñó a no odiar nada en la vida, o por lo menos a no a decirlo en voz alta; por atraer la negatividad y eso. Así que ahora, con 32 años y mi propia capacidad de raciocinio (lo siento mamá) he decido odiar las comparaciones.