Llovía a mares. Contemplando las gotas repiqueteando contra el cristal, Sara pensó que las nubes estaban descargando esa tarde todo lo que se habían guardado durante un año más seco de lo normal. El agua era zarandeada contra las ventanas por rachas de viento veloz y salvaje, y la oscuridad era tanta que parecía medianoche, paliada en el interior de su despacho gracias a la luz blanquecina que derramaban los fluorescentes.