En los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, la URSS había acusado una gran necesidad de construir una gran flota oceánica. Fue Stalin quien dio el visto bueno a la fabricación de nuevas unidades navales como, por ejemplo, los acorazados de tipo “Sovietskii Soyuz” o los cruceros de batalla “Kronstadt”, entre otros[1]. Llegado el fin del conflicto mundial en el año 1945, el propio Stalin manifestó públicamente las siguientes palabras: “el pueblo soviético quiere ver cómo su flota se torna cada vez más fuerte y poderosa”, aunque este hecho no era tan fácil como se pintaba ya que conllevaba un sinfín de inconvenientes y limitaciones doctrinales y de naturaleza técnica.