Una mancha, alrededor de la bragueta del pantalón, parda indefinida, delataba su soledad; un suéter, desgastado por la parte de los codos, se iluminaba gracias a los lamparones provocados por las  sopa de sobre, que sobre su pecho descansaban desde hacía ya muchas cenas; la camisa desgastada por el cuello, más de tanto poner que de tanto lavar; sus zapatos, mutilados de guerra, aguantarían con seguridad sus últimas batallas. Sus días se convirtieron en monótonamente idénticos desde que llegó la inevitable y temida jubilación.